Vivimos en una sociedad enferma y el primer paso es reconocerlo, como en las reuniones de alcohólicos anónimos. Así se refería el periodista Íñigo Domínguez, en un artículo del mes pasado en la revista JotDown, a la realidad diaria del País Vasco y Navarra. Intentamos engañarnos, hablamos de convivencia, de cómo han mejorado las cosas, de que ya no se mata, para intentar cerrar con prisas y sin mirar atrás el sangriento capítulo de nuestra historia que protagonizó ETA. Pero la realidad es otra.
Ahí están, y más chulos que nunca, los mismos que durante décadas apoyaron a los pistoleros. Y en las mismas siguen los que, como un padre condescendiente, justificaban y perdonaban todos sus actos, sin preocuparse mucho de las víctimas.
Sería de una ceguera imperdonable no aceptar que el radicalismo vive una segunda juventud, especialmente en Navarra.
El primer paso, antes del tratamiento, es reconocer la enfermedad: el diagnóstico.
Engañarnos y pensar que con el cese definitivo (que no disolución) de ETA está todo hecho, sólo contribuye a envalentonar a ese violento y mafioso sector que todavía persiste en esta tierra, y significa abandonar espacios de libertad y dignidad para vivir en la fría comodidad del silencio.
Después de décadas de firmeza social frente a ETA, mantener en la actualidad esa tensión para evitar que se nos escape de entre los dedos la libertad ganada durante años, resulta hoy en día demodé, algo viejuno e incluso incómodo.
Es mucho más agradable vivir en la tranquila neutralidad; ir a lo nuestro y no meternos en jaleos. Pesa, y mucho, el miedo inyectado por ETA asesinato a asesinato, secuestro a secuestro, hasta cada rincón de nuestra sociedad. Seguimos mirando a nuestra espalda antes de hablar de política para saber quién puede estar escuchando.
Así, hemos construido un andamio que sostiene nuestro argumentario y nos anestesia. Nos convencemos de que el partido está ganado después de la derrota de los terroristas, cuando en realidad la convivencia es algo que se gana y se pierde cada día.
Pero la realidad es que en estos meses de Gobierno nacionalista vasco de Barkos y Aráiz y de Ayuntamiento de Asirón, Abaurrea y compañía, hemos perdido muchos metros de libertad. La impunidad es la gasolina de los radicales y en año y medio se les ha regado de ‘sin plomo 98’ desde las instituciones navarras.
La agresión cobarde a dos guardias civiles en Alsasua este fin de semana es el último episodio de la lamentable espiral de odio y silencio en la que vivimos desde hace unos meses. Antes, se quemaron muñecos uniformados y con tricornio, hoy se dan palizas y así, pasito a pasito y gracias a aplausos, complicidades y silencios… quién sabe cuál será el próximo capítulo.
Hemos viajado en el tiempo a lo peor de los años 80 sin movernos del sitio. Hemos ido hacia atrás.
Han vuelto las pintadas de hachas y serpientes, los ‘Gora ETA’, en el casco viejo de Pamplona, por ejemplo. Vuelven a ondear también las pancartas en favor de los asesinos, mientras el nuevo Ayuntamiento de Bildu, Geroa Bai, IE y Aranzadi/Podemos mira para otro lado para que, por ejemplo, puedan seguir en su sitio y a la vista de todo el mundo durante todo el fin de semana de San Fermín chiquito. Y la fiesta, subvencionada con miles de euros de los impuestos de los pamploneses. ¿Cómo no van a estar crecidos?
Pasamos por normales cosas que los radicales han convertido en habituales. ¿Es normal que algunos terminemos la procesión de San Fermín cada mes de julio acosados y entre empujones protegidos por los agentes de Policía Municipal, mientras el alcalde Asirón sube Curia repartiendo abrazos y palmadas sin tener el valor de condenar el acoso contra los concejales que no piensan como él?
¿Es normal que en fiestas de la comarca, como en Berriozar, se empapele el pueblo con las caras de los asesinos de Tomás Caballero y Francisco Casanova y que el alcalde se niegue a retirar los carteles?
Obviamente nadie consideraría normal estos hechos en ninguna otra democracia. Sin embargo, aquí lo aceptamos. Estamos acostumbrados; callamos y seguimos a lo nuestro. Son sus cosas, ya sabes cómo son.
Mientras, Barkos y Asirón hablan de violencias en plural para evitar referirse a la concreta y así no molestar a nadie. Se niegan a manifestar satisfacción por la detención de criminales, cuando se trata de terroristas, no vayan a ofenderse los amigos. Si son culpables de cualquier otro delito, el trato es otro, claro.
Con suerte, y sólo si se ven muy apretados por la opinión pública, pronuncian muy serios y con pose ofendida alguna declaración grandilocuente y vacía con muchos plurales y pocas realidades.
Se pinta incluso en sede parlamentaria a los verdugos también como víctimas de una violencia etérea que, de repente y después de casi mil muertos, ya no lleva las siglas macabras de ETA. Si todos son víctimas, ya no hay víctimas. Si no hay víctimas, ya no hay verdugos. Y pelillos a la mar. Circulen, circulen… que aquí no ha pasado nada y a otra cosa mariposa.
Así, paso a paso, van ganando espacios los radicales. Y así, metro a metro, vamos perdiendo libertad los demás.