Maestros del 36

Luisa Molinat y Francisco Ibarra eran maestros cuando en 1936 estalló la guerra civil. Forman parte de las listas de profesores represaliados por las autoridades franquistas.

Molinat fue represaliada por sus profundas convicciones religiosas. Ya fue sospechosa en el 36 por su militancia política juvenil, ya abandonada, pero en los primeros 40 fue delatada por una compañera. Tras el alegato fascista de un inspector ante sus alumnas, que afirmó que el Corazón de Jesús amaba especialmente al pueblo alemán e italiano, comentó a sus compañeras que ella creía que en Su Corazón tenía el mismo amor por el pueblo ruso o inglés. Esa frase le condenó. Le dolió la delación. Le dolió estar a medio sueldo en aquellos años miserables, le dolió el estigma, pero lo que más le dolió fue el perder parte de la infancia del mayor de sus cuatro hijos, al tener que dejar su crianza a sus cuñados, porque con sueldo y medio de maestro no llegaba en casa.

Ibarra tenía por delante una carrera brillante. Había sacado la carrera en un solo año y por su cuenta, pero un informe del párroco de Peralta le condenó. El cargo: “religiosidad indiferente” y “prensa cualquiera”, pese a reconocerle “moral buena”, algo que ya anciano seguía recordando. En el último momento, la intervención de un monje capuchino, que conocía a su familia, le salvó de un final trágico. Después del informe vino una sanción de dos años sin poder trabajar, viviendo del sueldo de su esposa, también maestra, y la prohibición de acceder jamás a un puesto de responsabilidad. Cuando ya estaba ejerciendo de nuevo, en Estella, un decreto que impedía a maestros sancionados enseñar en poblaciones mayores a de la sanción lo desterró a Valcarlos. Allí, la acusación de un inspector de ser nacionalista estuvo a punto de condenarle de nuevo y solo la intervención del párroco de la localidad refutando la afirmación, le salvó. Pasaron décadas hasta que pudiera enseñar en Pamplona y aquella sanción del 36 en su expediente le pesó toda su vida como un estigma.

Lo peor de los instintos humanos tuvo barra libre a ambos lados del frente, es cierto, pero un bando cargó además con la pena del olvido y la marginación durante las décadas de la dictadura. De ahí la necesaria reparación de su dignidad exigida todavía hoy por las asociaciones de memoria histórica.

Ellos son dos de los alrededor de 300 maestros represaliados en nuestra comunidad a quienes se homenajea estos días. Pero en casa eran Luisa y Paco, nuestros abuelos.

Por eso, íntimamente, nos indigna más si cabe que algunos partidos pretendan arrogarse en pleno siglo XXI la exclusividad de la defensa de la memoria histórica y acusar directamente al resto de connivencia con el régimen franquista, simplificando interesadamente el relato del golpe de estado, de la guerra y de los años posteriores.

Afortunadamente, en los últimos años, demasiado tarde, es cierto, todos los partidos han dado pasos en la necesaria dignificación de los miles de españoles asesinados y represaliados durante la bárbara guerra entre vecinos y hermanos que fue la guerra civil y durante la dictadura.

Así, por ejemplo, y con presencia de fuerzas de todos los colores, se inauguró la pasada legislatura un panteón en el cementerio municipal de Pamplona donde encontrarán descanso los restos de los fusilados localizados en Navarra y cuya identificación no sea posible.

Las asociaciones de familiares de fusilados han capitaneado esta recuperación de la memoria de los sucesos de aquellos años desde la dignidad y la generosidad. Muchas heridas permanecen abiertas, pero el camino emprendido es el correcto.

Frente a esa actitud abierta y conciliadora, llama la atención, no por no esperada, sino por carroñera, la acción de Bildu, que quiere ahora capitanear este asunto por encima de las propias asociaciones, de forma exclusiva y excluyente, utilizándolo además para dividir una democracia asentada después de casi de 40 años.

Pretender recrear los bandos del 36 en las siglas políticas actuales es una reducción pueril y partidista. Romper otra vez la sociedad actual entre buenos y malos en nada contribuye a la cicatrización de las heridas que todavía hoy siguen abiertas y que sólo se cerrarán con la dignificación de las víctimas y con generosidad y altura de miras. Por eso, la estrategia que pretenden imponer sólo es útil a los intereses de Bildu y hace flaco favor a los miles de buenos españoles asesinados, torturados o represaliados durante aquellos años.

Que lo haga precisamente quien más tiene que callar en materia de memoria, por su recurrente interés en olvidar los asesinatos cometidos por ETA, resulta simplemente vergonzoso y le resta toda legitimidad.

A Bildu, con el alcalde de Pamplona a la cabeza, le molestan los consensos. Necesitan de la tensión para subsistir; precisan de un enemigo a quien linchar, porque sólo se sienten cómodos y encuentran beneficio en el barrizal del odio y en el enfrentamiento.

Por eso intentan tensar cada vez más la cuerda y expulsar a cuantas formaciones políticas puedan de algo en lo que todos deberíamos estar unidos. Y con ello, no sólo a las siglas, a los partidos, sino a todas las personas a las que representan y que les han concedido su apoyo. Pretenden la estigmatización y deshumanización de sectores completos de nuestra sociedad.

Pero no lo van a conseguir. Tuvimos buenos maestros.

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Autor: Fermín Alonso

Padre de Sofía y de Gonzalo. Casado con Karen. Concejal del Ayuntamiento de Pamplona.

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