El precandidato demócrata en
Estados Unidos Bernie Sanders perdió en la carrera por la nominación, pero dejó
uno de los mejores eslóganes electorales que recuerdo: ‘A future to believe in’
(un futuro en el que creer).
En Navarra y Pamplona, incluso
con los actuales Gobiernos nacionalistas de Barkos y Asirón, hay miles de
razones para creer en nuestro futuro, aunque los nubarrones cubran cada vez más
espacio sobre nuestras cabezas.
Con una Comunidad y un
Ayuntamiento paralizados, sin una estrategia real a medio y largo plazo más
allá del nacionalismo vasco que une a las heterogéneas fuerzas que los
sostienen; sin proyectos que vayan más allá de la pura inercia, por la
imposibilidad de pactar acciones reales además de la de “echar a UPN”, Navarra
ha plegado velas y se mueve lentamente mecida por las olas, mientras el resto
de comunidades aprovechan los vientos del incipiente final de la crisis.
No nos hundimos, pero nos movemos
muy lentamente y eso significa perder oportunidades y competitividad respecto a
otras comunidades. En una carrera ciclista, un pinchazo al principio de un
puerto y tener que darte un sofocón para llegar de nuevo al grupo de cabeza
pasa factura cuando llegan las rampas más duras… En economía ocurre lo mismo: las
oportunidades perdidas hoy, las echaremos de menos cuando vengan mal dadas.
En un año, según datos publicados
por Cinco Días, han aterrizado en Navarra 49 nuevas empresas, ¡pero se han ido
96!, la afiliación a la Seguridad Social crece muy por debajo de la de España y
en los últimos datos del paro hemos pasado de mirar a las regiones punteras de
Europa a codearnos con Ceuta y Melilla reduciendo nuestra tasa en un 0,13%,
mientras España lo hacía en un 2,23%. Todo aderezado con una subida de impuestos
que hace que las empresas familiares y los matrimonios con hijos paguen más que
en ninguna otra comunidad española.
En este contexto, Pamplona está
gobernada, junto con Bildu, IE y Geroa Bai, por tres concejales de
Aranzadi/Podemos. En poco más de un año, han atacado a Volkswagen, que emplea a más de 4.000
personas en Pamplona y también rechazaron colaborar con la Universidad de
Navarra, en la que también trabajan miles de navarros, pamploneses en su
mayoría: “Me persigue la universidad del OPUS para que haga cosas de la bici con
ellos. Me resulta bizarro la verdad…” o “Con el OPUS y con Volkswagen me da cosa
colaborar. Cuestión ideológica (…)” decía el concejal
delegado de Movilidad Sostenible y Medio Ambiente del gobierno de Asirón hace
unos meses en twitter, por ejemplo.
Quizás haya sido también una
cuestión ideológica la que les ha llevado este mes a atacar a los centenares de
PYMES de comercio y hostelería de nuestra ciudad que también dan trabajo a
miles de personas y que han sufrido lo indecible durante estos años para no
cerrar las persianas de sus negocios en una crisis agravada por rivales como
las multinacionales del sector, las grandes superficies, e Internet. Quizás es
porque vengo de familia de comerciantes y sé bien del trabajo del sector, pero
la crítica de los concejales de la marca local de Podemos no me podía parecer
más injusta.
El pecado de las asociaciones fue
denunciar el incremento descontrolado durante Sanfermines de actividades
ilegales que les perjudican, como el top manta. Los ediles, que cobran su
sueldo de los impuestos que entre otros pagan hosteleros y comerciantes, les
lanzaron un lamentable y demagógico ataque sin aportar prueba alguna que
sostuviera las graves imputaciones lanzadas.
Responsables públicos, encargados
de gestionar nuestra ciudad, acusaron a todo un sector de evadir impuestos (la
misma semana en que cazaron a uno de sus dirigentes nacionales pagando en negro
durante varios años), calificaron de “excusas” sus razones y quisieron extender
la sombra de la politización sobre un
sector que no hace sino defender su supervivencia.
Se ponen en contra de los que hacen
ciudad y cumplen con ordenanzas, leyes e impuestos y a favor de los que las
incumplen. Pero tampoco a ellos, los manteros, el eslabón más débil de una
cadena mafiosa que empieza en fábricas asiáticas sin ningún tipo de control ni
derechos, se les da ninguna otra solución que no sea seguir delinquiendo. La
ley es para todos y saltársela no puede convertirse en la política social de
ningún Gobierno, ni ningún Ayuntamiento.
Lo dramático es que Pamplona y
Navarra afrontan años decisivos con estas personas al timón de nuestro futuro.
Sin embargo, la tupida red
industrial y empresarial de Navarra, las oportunidades de una economía más
diversificada que la nacional, entre otros factores, y la todavía mejor
situación de nuestra tierra frente a otras comunidades, garantizan que en
Navarra y en Pamplona sigamos creyendo en nuestro futuro. Eso sí, no se puede
esperar sentados a que ese futuro en el que creemos llegue a nuestra tierra,
una buena base no garantiza la prosperidad, sino que debemos construirlo con
esfuerzo y dedicación.
Para eso hace falta cambiar las
prioridades, dejar las obsesiones y las ikurriñas, y centrarse en lo
importante, no atacar a quienes generan economía y empleo, empatizar con los
que más sufren y sobre todo creer en las posibilidades de nuestra tierra, sin
estar constantemente mirando qué hace la metrópoli
de Urkullu. Todo eso que no hacen los Gobiernos
de Barkos y Asirón.
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