Europa naufraga en el Egeo

Somos
una sociedad de consumo rápido, de preocupaciones rápidas,  de digestión rápida de la actualidad y,
lamentablemente, también de valores rápidos que se van actualizando según
cambia la parrilla televisiva.

La
política también se ha adaptado a este nuevo ecosistema y se ha convertido en un
arte de consumo fugaz. Atrás queda la reflexión o el debate. Es el triunfo de
la ‘memecracia’, como explica la periodista riojana Delia Rodríguez en su
ensayo de mismo nombre de 2013.

Ya
no se trata de gestión, debate o acuerdo… la cosa va de fotos, gifs y tuits. Lo
que debería ser una ventaja, el acceso directo al cargo público y  la posibilidad de dialogar directamente con
el votante, ha devorado la política. Vale más una frase ingeniosa en los 140
caracteres de Twitter que un Consejo de Ministros o la redacción de una ley. En
los debates ya no se trata de convencer dialécticamente, importa el total, “clavar” el mensaje de 20
segundos para las televisiones y radios y hacerlo viral.

A
la par que su extensión, el nivel del discurso político también se ha limitado.
Un estudio realizado antes de las elecciones generales, señalaba a partir del test de Flesch-Kincaid que
mide la complejidad de los textos, que los candidatos para dirigir
nuestro país nos hablan como si tuviéramos entre 12 y 16 años. El último
presidente que utilizó en Estados Unidos un lenguaje de nivel universitario en
el Debate del Estado de la Nación fue Jimmy Carter, allá por 1981.

Es
la tiranía de la imagen. Ahí está la foto del paseo de Pedro Sánchez y Pablo
Iglesias, portada en la inmensa mayoría de medios nacionales, cansados de instantáneas
de reuniones alrededor de una mesa de trabajo. No sirvió de nada, se supone, y
cada uno siguió la  pre precampaña por su lado. Pero lograron la foto, que es lo que importa.

En
esta realidad, era de esperar que después de tantas buenas palabras, de fotos y
eslóganes, Europa no lograra encontrar una solución a la crisis de los
refugiados.

La
imagen de Aylán, muerto en la arena de una playa turca el 2 de septiembre de
2015, recién cumplidos los tres años, nos golpeo el alma, especialmente a los
que tenemos hijos de esa edad, y abrió los ojos de Europa ante la dramática
situación de miles de familias que huyen de Siria.

Los
días pasaron y, con ellos, los titulares de periódico y los minutos de
televisión.

La
opinión pública, esa de consumo y preocupaciones rápidos, les olvidó. Pero en
el mar seguían muriendo niños, con sus madres y sus padres: más de 3.700 personas
en 2015; más de 300 niños como Aylán o su hermano. Sólo nos hemos vuelto a
acordar de ellos cuando, al llegar el invierno, campamentos como el de Idomeni,
nos han devuelto imágenes más parecidas a las de la I Guerra Mundial que a la
Europa del Siglo XXI.

Pongámonos
por un segundo en su situación. Pamplona, destruida por años de combates y
bombardeos; en un lado, un régimen dictatorial; en el otro, un grupo de
fanáticos religiosos a los que la vida humana les importa muy poco.

¿No
intentaríamos cruzar a Francia o llegar a China, incluso, si hiciera falta?

¿Quién
ante la destrucción de su ciudad, de su país, no buscaría salvar la vida de su
familia? ¿Quién no cruzaría el mar, atravesaría fronteras de noche, pagaría a
mafias y haría lo que fuera por que sus hijos tuvieran más futuro que las balas
o las bombas?

Ante
eso, Europa, que acostumbra a mirar al resto del mundo desde la superioridad
moral de su estado de bienestar, ha optado por quitarse el marrón de encima.

Cuando
era niño me decían que los problemas no existen, que simplemente hay asuntos
que requieren más trabajo para solucionarlos. La UE, sin embargo, no ha querido
mancharse las manos, no ha querido trabajar, y le ha pasado el muerto a otro a
cambio de dinero y favores políticos.

La
imagen de los ferries saliendo de Grecia a Turquía, mientras seguían llegando
embarcaciones repletas de refugiados a Lesbos es el símbolo del fracaso de una
política que no se ha atrevido a buscar una solución humana al problema, aunque
ésta hubiera costara dinero y, posiblemente, votos.

Turquía,
un país que no cumplía ninguno de los estándares democráticos y económicos para
formar parte de la Unión, es el que va a solucionar el problema a la gran Europa.

A
principios del siglo XX, Valle Inclán deformaba la realidad y exageraba sus
rasgos más grotescos para criticarla. Hoy no le hubiera hecho falta.

¿Y,
mientras tanto, cuál ha sido la respuesta de la nueva política? Hemos aprobado
declaraciones en los plenos de los ayuntamientos y la presidenta del Parlamento
de Navarra ha quitado de su fachada la bandera de Europa. Con foto, claro.

Problema
resuelto.

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Autor: Fermín Alonso

Padre de Sofía y de Gonzalo. Casado con Karen. Concejal del Ayuntamiento de Pamplona.

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