Después de un día de paz y tranquilidad en Sarandë, al sur de Albania, todo se ve desde otra perspectiva. Después del descanso, no son tan horribles los duros momentos de ayer entre barro y piedras, las tres horas de moto de noche por las carreteras albanesas…
Comencé el día rumbo a Berat. El GPS me llevó un rato por una especie de carretera general en bastante buen estado, con tramos de tierra y grava, pero con mucho asfalto aunque también muchísimos camiones, y luego por carreteras menores, con poco tráfico pero en mucho peor estado.
Después de 3 larguísimas horas, llego a Berat, me siento en una terraza y como rápidamente unas brochetas muy especiadas, porque oigo acercarse una tormenta. Compruebo en los dos GPS (en el del Nokia y el CoPilot) la ruta hasta Gjirokastra y ambos coinciden: SH74.
La ascensión comienza estupendamente a través de una estrecha carretera de montaña bien asfaltada que de repente se acaba para dar paso a la grava y ésta a las piedras. Se ve que eso era una antigua calzada, con zonas de adoquines hundidos por las rodadas y muchas piedras sueltas del tamaño de un puño.
Confío en que la zona mala pase pronto y vistos algunos tramos de la mañana, no me alarmo. Sin embargo, la cosa no mejora. En eso alcanzo a un tipo subido en un burro, al que pregunto por Gjirokastra. Entiendo por sus señas que era mejor haber dado un gran rodeo hacia atrás para llegar y le pregunto sí me vuelvo o sigo adelante. Mira hacia atrás, mira hacia delante, nos mira a Rogelia y a mí y nos hace señas de que sigamos avanzando.
Y así lo hacemos. La moto (de carretera y cargada) rebota entre piedras, agujeros y… tortugas. ¿De dónde sale tanta tortuga? Parece qué la cosa no puede ir peor… cuando me alcanza la tormenta.
A partir de entonces el caos. Barro, grandes balsas de agua y las mismas piedras de antes, ahora más resbaladizas. Estoy a punto de irme al suelo varias veces y sólo la suerte, la Medida del Pilar que llevo en el manillar o el Capotico de San Fermín lo evitaron. Sin embargo, mi mayor miedo es pinchar. Llevo un bote anti pinchazos, pero cualquiera de las mil grandes piedras que paso pueden rajar la cubierta y dejarme tirado en mitad de la nada. Las intento evitar y zigzagueo moribundo entre ellas, pero hay tramos en que es imposible.
Pregunto al conductor de un coche. Misma respuesta que el del burro. Gjirokastra, adelante. Mientras, la aguja de la gasolina va bajando, empecé con Tres cuartos de deposito, pero avanzo en primera y segunda y Rogelia, que se porta como una campeona, traga que da gusto.
Después de 20 km de infierno, adelanto a una vieja furgoneta Mercedes y tengo la suerte de que el conductor habla algo de Italiano. Le pregunto cuántos kilómetros nos quedan. En el aire dibuja un 50 que me hunde más todavía en el barro. Le pregunto por la carretera. Me hace con la mano que ‘así así’. Insisto y le pregunto en albanés e italiano: “¿Struga, strada?”. Señala al suelo. Se acabó.
Dejo que se vaya y me quedo un minuto cagándome en el del burro y valorando las dos opciones que tengo. 50 km hasta Gjirokastra o 20 de vuelta a Berat y 4 horas más sobre la moto hasta Sarandë.
Un navarro nunca retrocede, así que decido dar media vuelta y avanzar. Hora y media de nuevo hasta Berat, por las mismas piedras, los mismos agujeros, los mismos riachuelos que ha creado la tormenta. La prueba resulta dura física y también mentalmente, porque nunca me había visto en una así. Pero llegamos abajo. Volvemos a pisar asfalto.