“Una gamberrada”. Así definió Uxue Barkos, en el último pleno del Ayuntamiento de Pamplona, lo sucedido en el Riau Riau de este año. Hemos pasado semanas de debate, incluso meses, y nadie había sido capaz de minimizar de semejante manera el boicot violento y organizado contra la Marcha a Vísperas.
Así, como si nada.
Que le abran la cabeza a un policía municipal, que el Ayuntamiento tenga que suspender un acto oficial, que una minoría organizada quiera impedir que toda una ciudad disfrute de una de sus tradiciones más queridas… es una gamberrada y no se merece que el Pleno lo condene.
De hecho, según la teóricamente moderada portavoz de Nabai, la parte teóricamente moderada del nacionalismo en Navarra, la culpa de que la corporación no saliera ni siquiera del Zaguán del Ayuntamiento fue, cómo no… ¡del alcalde!
Para Nabai, el Riau Riau se hubiera resuelto sin “gamberradas” si nos hubiéramos reunido con más colectivos. Dejando a un lado que sí se mantuvieron reuniones abiertas en la mesa de los Sanfermines, la postura de Nabai es demencial.
¿Con quién deberíamos habernos reunido?
Teniendo en cuenta el historial de varios de los detenidos, viejos conocidos de las fuerzas de seguridad por delitos de enaltecimiento del terrorismo, pertenencia a banda armada, desórdenes públicos… quizás todo hubiera ido bien si se llega a consultar antes con Arnaldo Otegui o con Pernando Barrena.
Lo dramático de esta postura es que o bien Nabai no tiene el valor de enfrentarse a quien organiza estos desórdenes o se cree realmente su teoría y no entiende demasiado grave que los de siempre impongan su voluntad a toda una ciudad. Cualquiera de las dos respuestas deja muy a las claras la verdadera alma de Nabai, que pretende normalizar la imposición de los violentos y hacer cada vez más blanco e impoluto lo más radical del nacionalismo.
Eso de llamarlo gamberrada recuerda demasiado, como señaló María Caballero, a los “niños de la gasolina”, como llamaba Arzalluz al terrorismo de Jarrai y compañía.
A Bildu, claro, no se le esperaba. Quien no es capaz de condenar los asesinatos de ETA, no va a decir nada de lo que pasó el 6 de julio. No deja de ser curioso y vergonzosamente paradójico que, a quien enarbola en tantas ocasiones la bandera de la supuesta tradición, le importen tan poco las más queridas por los pamploneses.
Pasar por alto la violencia de la Marcha a Vísperas o el simple y lamentablemente habitual hecho de que la mayoría no nacionalista de la Corporación cruce Curia entre insultos y algún escupitajo, mientras los nacionalistas lo hacen entre vítores y abrazos son buena muestra de lo que les importan las tradiciones. Les importan las suyas, las que quieren imponer a todos los demás.
Lo peor es que ya no nos sorprenden estas cosas; desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a la anormalidad: a ver los insultos y las agresiones como algo habitual, algunos, incluso, lo normalizan como una gamberrada. Ese es nuestro fracaso como sociedad.